Estereotipo.
[Sin Fecha]
Viajando a Suiza, debido a la gran cantidad de tiempo que tuvo para sí mismo, el señor del traje y el sombrero vio estresado cruzar una infinidad de animales antes de lo fabuloso.
De a poco fue entrando en una casa algo antigua, pero elegantemente ornamentada. En ella había una cocina amplia con una hermosa vista al jardín de atrás, mesadas de mármol y una canasta llena de frutas, de la cual el señor del traje (y ahora con el sombrero en la mano) robó una uva que guardó en su bolsillo. La casa también tenía una bella sala de estar con cuadros de paisajes paradisíacos, donde el viajante descansó en un cómodo sillón un buen rato. Hasta, que exaltado por extraños ruidos, se puso de pie y mirando para todos lados antes de dar cada paso volvió a la cocina, ya que ese lugar no le producía miedo como ahora sí lo hacía el living. Al entrar en la cocina logró ver cómo por la ventana se escapaban unos seres extraños, pero de apariencia inofensiva. Eran cinco: tres de forma similar a la de un signo de interrogación pero extremadamente peludos, y dos parecidos a caballos de ajedrez.
Sin perder un segundo el hombre se puso el sombrero y, tal como las simpáticas criaturas, salió por la ventana hacia el jardín trasero. Al terminar de atravesar la ventana tornó hacia atrás, y ya no había casa, pero no le importó: el parque era tan bello que recordó aquellos cuadros en la sala de estar de la vivienda ya desaparecida.
Los pequeños seres corrían todos hacia un mismo lado, entonces el señor del traje y el sombrero los siguió a paso gimnástico, pero se le hacía difícil no perderlos, eran muy veloces. Luego de un buen rato de correr el señor, acalorado (pues el traje no es la vestimenta adecuada para correr bajo el sol), se resignó a no seguirlos más y se tendió en el suelo de cara al sol. Las pequeñas criaturas parecieron preocuparse y retrocedieron para acompañar al hombre. El señor sentía a los caballos y las preguntas caminando a su alrededor, oliéndolo, mirándolo, inspeccionándolo, y él sentía una extraña y simple felicidad. Una de las preguntas se metió en su bolsillo para robarle la uva, y luego de comerla se quedó ahí.
El señor del traje se incorporó y los seres comenzaron a correr hasta un pequeño galpón (la única construcción ahora visible). Todos juntos ingresaron, y el hombre se sorprendió al ver que ese pequeño galpón no era si no una inmensa biblioteca en la que perdió todas las criaturas. Y de todos los mundos eligió el mío, que no era el mejor, pero el destino así lo quiso.
En Mar de Cobo el aire es tranquilo, yo vivía acá desde que terminé quinto año (acá antes no había colegios secundarios). Elegí este lugar por la paz, yo la necesitaba para distenderme, liberarme, y dibujar mi reencuentro con el mar sin que una señora con sus hijos y su sombrilla me moleste. Lejos había quedado Lara, pero aun así tardé bastante en olvidarla.
Acá me hice grandes amigos, pero no hay manera de que el tiempo no derribe las amistades por muy grandes que sean. También pasaron muchachas, pero ninguna me conformaba. Y así llegaron los años de soledad.
Pero una noche dormía plácidamente cuando vi a una persona que yo supe que iba a ser el amor de mi vida. Yo estaba en un bello restaurante con un parque maravilloso, y en el fondo del jardín había una especie de granero que me llamó la atención. Entré y en él había una biblioteca con grandes pasillos de estanterías. Empecé a recorrerla y me encontré con un hombre con un traje como el que me había regalado Lara. Le pregunté por el sector de novelas pero no me respondió: estaba leyendo un libro y no pareció oírme. Seguí explorando y encontré a esa personita.
Una chica simplemente hermosa, con perfectos bucles negros y un vestido de flores. Estaba en el sector de novelas, y me recomendó un libro, el cual no recuerdo porque estaba concentrado en su sonrisa.
Todo era tan real. Ahora se que sólo vivo con la esperanza de encontrarla.
El hombre del traje y el sombrero no me prestó atención y al cerrar el libro observó que otra vez estaba en la cocina. Robó otra uva justo a tiempo, porque repentinamente estaba en su asiento rumbo a Suiza.
Se levantó y buscó en su bolso una novela que antes de poder agarrarlo se le cayó. Y una morocha de rulos y vestido veraniego se lo alcanzó con una sonrisa agradable, le dijo “muy buen libro” y siguió caminando rumbo a su vagón mientras comía una uva.

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