El mundo con y sin colores.
[Sí, sí, lo sé. El cuento es cursi. Pero me enternece. Sin fecha.]
Había una vez una nena chiquitita (a la que llamaremos niña L) que vivía en un mundo de colores, con casas de colores, palabras de colores y gatos de colores. La niña L amaba comer golosinas rosas (porque le parecían las más ricas) y siempre se proveía de ellas en un kiosco que atendía un nene, que llamaremos niño X. El niño X siempre le daba a la niña L las golosinas más ricas y más rosas del negocio, y su kiosco era famoso en todo el ducado porque gozaba de la más amplia variedad de golosinas y de colores. Con el correr de los años, el niño X y la niña L se hicieron muy amigos, y todas las tardes (cuando el niño X salía del kiosco, y la niña L del cole) jugaban juntos a los colores. Usualmente él era rosa fuerte y ella rojo sangre, aunque a veces él era turquesa y ella amarillo clarito. Jugaban hasta que la noche se llevaba los colores, momento en el que tenían que volver a sus respectivas casas a comer y a dormir.
Disfrutaron cada día de su amistad en colores hasta que una mañana, al despertar, se encontraron con que todo su maravilloso mundo colorido era ahora un triste mundo gris. El niño X y la niña L estaban muy dolidos: ya no podrían jugar al rosa y al rojo (ni al turquesa y el amarillo), ni la niña L podría comer caramelos rosas del famoso kiosco del niño X.
Entonces decidieron trasladar su amistad al mundo de los olores. Como todos saben, el mundo de los olores (si bien es muy interesante) no le llega ni a los talones al de los colores. Jugar al jabón en polvo y a la manteca de cacao no los divertía ni un tercio de lo que los divertía jugar al azul y el verde (el más aburrido de los juegos de colores). Así su amistad comenzó a sufrir grandes cambios (que no siempre fueron buenos).
Debido a la ineficacia del mundo de los olores se trasladaron al de los sonidos, donde la situación mejoró muchísimo. El niño X y la niña L volvieron a jugar y a divertirse juntos, aunque aún no era como en los viejos y coloridos tiempos. Así estuvieron mucho tiempo en el amplio mundo de los mundos sin colores, hasta que tuvieron la genial idea de colorearlo ellos mismos con las temperas del kiosco del niño X.
Cada cual eligió algunos colores de la gran gama que había en el negocio, y además el niño X se llevó caramelos rosas para ir regalándole a la niña L mientras pintaban juntos el mundo. Como no encontraron pinceles decidieron pintar con las manos. La niña L pintaba todo en rojo, amarillo y blanco, y el niño X pintaba en turquesa y verde (no quiso elegir rosa para que la niña L no se confundiera el mundo con un caramelo).
La niña L siempre le reprochaba al niño X que no le gustaban sus colores, y el niño X le reprochaba a la niña L que le molestaba que le reprochara cosas, por lo que durante los años que estuvieron pintando el mundo se pelearon muchas veces.
Cada vez que se peleaban decidían pintar por separado sus mitades del mundo, de lo que resultaban dos mundos completamente separados y distintos. Pero siempre pocos días después de que sucedía esto, las partes ya pintadas se volvían gris de vuelta. De todos modos el niño X y la niña L siempre se amigaban antes de que el mundo se despintara por completo. Se amigaban porque pintar el mundo de a dos era más fácil, y porque ambos eran grandiosos (y en el fondo inseparables) pintores. Finalmente acordaron pintar el mundo con igual proporción de colores de uno y de otro. Y así surgió un nuevo mundo maravilloso y colorido. Pero este era mejor que el viejo mundo colorido, porque esta vez los colores los habían elegido ellos.

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